Cheetos.

Estándar

:: Nueva entrega de Cosas realmente traumatizantes y completamente innecesarias. Lo primero de todo, os tengo que explicar que soy “cheetofóbica”. Una mala experiencia en mi adolescencia (el chico que me gustaba se había atiborrado a ellos y, con los dientes completamente naranjas, quiso besarme, lo que me provocó el reflejo nauseoso hasta límites insospechados) ha hecho que los deteste por encima de todas las cosas.

No los odio a todos: sólo a aquellos que son alargados y de ese color naranja butano tan irreal y que, forzosamente, tiene que obstruir con violencia extrema las arterias del consumidor. Rizos; mi tormento tiene nombre. No soporto ni su forma, ni su color, ni mucho menos su olor.

Así que imaginaros cuando vi esto:

¿Quién puede comprarse algo semejante? Es que me dan arcadas con solo mirarlo. Ya se me pueden quedar los labios como un par de alpargatas que no me echo eso ni de Blas. Ains… ¡Qué asco tan grande! Abominable, en serio. ¡Puag! ::

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  1. ¡A mí tampoco me han gustado nunca! Dios, ese color y ese olor… que iba a los cumples y no entendía como la gente se lanzaba a por ellos como si no hubiera nada más.

    • ¡A que sí! Y es una costumbre que se ha mantenido en el tiempo, ya que los niños de ahora hacen lo mismo que antaño. De los Pelotazos y los Pandilla no digo nada, pero los Rizos… ¡Vomito!
      Mil gracias por pasarte 🙂
      ¡Un besín!

  2. Jajajajaja, iba a poner que molaba mucho y que me iba a comprar uno, pero no puedo! 😀 ¡Qué cosas hace la gente!

Deja tu maldición aquí, gracias.

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